Imagínense que nos encontramos en una antigua casa de la todavía más antigua ciudad de Akká…La habitación en la que estamos se abre a un callejón pavimentado que un hombre activo podría limpiar de un escobazo. En el cielo brilla el sol de Palestina; y a la derecha el antiguo muro y el Mediterráneo azul. De repente, nos llega un clamor muy singular, débil al principio, pero creciente. Parece el murmullo de voces humanas…
Abrimos la ventana y nos asomamos. Ahí está una multitud de seres humanos cubiertos con harapos y vestidos con remiendos. Bajemos a la calle a ver quiénes son.
Es una reunión digna de atención. Muchos están ciegos, otros pálidos, desnutridos o envejecidos…la mayoría de las mujeres están bien cubiertas, pero lo poco que está a la vista es suficiente para convencernos de que si se levantaran los velos sólo veríamos más dolor y miseria. Algunas con niños de rostros cétrimos y hambrientos. Quizás suman un centenar. Son miembros de todas las razas que uno ve por las calles, sirios, árabes, etíopes y muchos otros.
Apoyados en las paredes, parecen esperar algo. ¿ Qué esperan? Esperemos con ellos.
No es larga la espera. Se abre una puerta y sale un hombre. Es de mediana estatura, de constitución fuerte, que lleva una vestidura larga de colores claros. Sobre su cabeza descansa un ligero fez de ante, envuelto parcialmente en un turbante de tela blanca. Aparenta unos sesenta años. Sus cabellos largos y grises descansan sobre sus hombros. Su frente es ancha, amplia y alta, su nariz ligeramente aguileña, su bigote y barba están ya casi blancos. Sus ojos son grises y azules, grandes pero suaves y penetrantes. Su porte es sencillo, aunque con movimientos llenos de gracia, dignidad y majestad. Pasa entre la multitud y les saluda. No entendemos sus palabras pero vemos la amabilidad y bondad en su semblante. Se para en un rincón de la calle y les pide con las manos que se acerquen a él. A veces se amontonan demasiado. El los aparta suavemente y hace que pasen por su lado, uno por uno. Pasan con las manos extendidas, y en cada palma él coloca unas monedas. Les conoce a todos y acaricia sus rostros, su cabeza, sus hombros. Se entretiene con algunos y les hace algunas preguntas. A un viejo negro que cojea , le dirige unas amables palabras, las cuales hacen dibujar en su rostro una amplia sonrisa llena de felicidad. Detiene a una mujer con un niño y cariñosamente acaricia al pequeño. Algunos besan su mano al pasar, mientras a cada uno les dice: “Marhabbah, Marhabbah” Bien hecho, bien hecho.
De esta forma pasan todos.
En todo este tiempo, este amigo de los pobres no ha pasado desapercibido. Varios hombres que llevan “ feces” rojos, con rostros llenos de fe y amabilidad, le han seguido, han estado a su lado, le han ayudado a poner orden y ahora le siguen con modales llenos de reverencia, a una respetable distancia. Cuando se dirigen a él le llaman “Maestro”.
Esta escena se repite casi todos los días del año en las calles de Akká. Por otra parte, hay otros episodios qué sólo tienen lugar al principio de invierno, cuando se acerca el frío, y como en todas las ciudades, los pobres mal vestidos van a sufrir. Un día cualquiera de esta época, si saben Vds. el lugar y la hora, podrán ver a los pobres de Akká, reunidos a la puerta de una de las tiendas de ropa, recibir de manos del Maestro su correspondiente capa. A muchos especialmente a los más débiles e incapacitados, él mismo les pone la ropa y se la ajusta con sus propias manos. Hay entre quinientos y seiscientos pobres en Akká, y a todos les da una prenda de abrigo todos los años.
En los días festivos visita a los pobres en sus casas, habla con ellos, se interesa por su salud y comodidad, pregunta por los ausentes y deja regalos para todos.
Pero no es sólo a los pedigueños a los que recuerda, sino también a los pobres respetables que no pueden pedir y sufren en silencio, aquellos cuya labor diaria no cubre las necesidades de sus familias. A éstos muy discretamente, les envía pan. Ciertamente, su mano izquierda no sabe lo que hace su derecha..
Todos le conocen y le quieren, ya sean pobres o ricos, jóvenes o viejos…si alguien en la ciudad se pone enfermo, no importa que sea musulmán, cristiano o de cualquier otra secta, él está todos los días a su lado o manda a alguien de confianza. Si hace falta un médico y el paciente es pobre, él se lo trae o manda uno, con los medicamentos necesarios. Si un techo gotea, o una ventana esta rota, llama a un obrero y espera hasta que el desperfecto es reparado…todos pobres o ricos, van a él en busca de consejo. El es el padre cariñoso para todos…
Durante más de treinta y cuatro años ha sido un prisionero en Akká. Pero sus carceleros se han hecho sus amigos. Tanto el gobernador de la ciudad, como el comandante de los ejércitos, le respetan y le honran como si fuera un hermano. Ninguna opinión o recomendación tiene más peso que la suya. El es el amado de todos, humildes o aristócratas. ¿ Y cómo podría ser sino así? Puesto que para él la ley, como lo fuera para Jesús de Nazaret, es hacer el bien a quien le hace mal…
Este Maestro es tan sencillo como grande es su alma. No reclama nada para sí mismo, ni comodidad, ni honores, ni descanso. Tres o cuatro horas de sueño le son suficientes; todo el resto de su tiempo y su fortaleza son para socorrer a los que sufren en espíritu o en cuerpo. “Yo soy” dice, “el Siervo de Dios”.
Así es Abbás Efendi, el Maestro de Akká.
Cuando Bahá’u’lláh vivía en Bahjí, y, Abdu’l-Bahá en Haifa, el Maestro visitaba a Su padre una vez por semana. Le gustaba hacerlo a pie, y cuando le preguntaban porqué no iba a Bahjí a caballo respondía preguntando: ¿…quién soy yo para ir a caballo por donde el Señor Cristo anduvo?
Sin embargo su padre le pidió que montara, así que para cumplir, el Maestro salía de Akká a caballo, pero cuando se acercaba a la mansión de Baháu’lláh, desmontaba y se postraba con la frente sobre la hierba del suelo. Mientras Abdu’l-Bahá se acercaba a Bahjí, Bahá’u’lláh se volvía a los que estaban en su presencia y les decía: “ El Maestro se acerca, apresuraos a su encuentro y acompañadle.”
A un creyente que pidió a Bahá’u’lláh la merced de ser admitido a su presencia, cuando lo consiguió, Bahá’u’lláh le dijo: ¿Acaso no ves al Maestro todos los días.” El señor respondió afirmativamente, y Bahá’u’lláh dijo:”Entonces, ¿ por qué hablas de no haber estado aquí en mi presencia por varios días, tú que ves al Maestro todos los días y recibes el honor de su compañía?. El igualaba ver a Abdu’l-Bahá a verle a El Mismo.
Bahá’u’lláh ensalza a su hijo Abdu’l-Bahá
“Ha brotado del Sadratu’l-Muntahá este sagrado y glorioso Ser, esta Rama de Santidad. Bienaventurado aquel que ha buscado su protección y ha permanecido bajo su sombra. Verdaderamente el tronco de la Ley de Dios ha brotado de esta Raíz que Dios ha implantado firmemente en la Tierra de su Voluntad, y Cuya Rama se ha elevado hasta abrazar a toda la creación. Magnificado sea El, por tanto, por esta sublime, esta bendita, esta poderosa y exaltada Creación…Una palabra ha surgido de la Más Grande Tabla como una dádiva de nuestra gracia, una palabra que Dios ha adornado con el ornamento de su propio Ser y ha hecho soberana sobre la tierra y todo lo que en ella existe, y un signo de su grandeza y poder entre los hombres…
Dad gracias a Dios, oh pueblo, por su aparición. Porque, verdaderamente, él es el favor más grande que se os ha otorgado, la bendición más perfecta sobre vosotros; y por medio de él todo hueso convertido en polvo es vivificado. Quienquiera que se vuelva hacia él se ha vuelto hacia Dios, y quienquiera que se aparte de él se ha apartado de mi Belleza, ha repudiado mi Prueba y ha pecado contra Mi. El es el Fideicomiso de Dios entre vosotros, su encargado entre vosotros, su manifestación a vosotros y su aparición entre sus siervos privilegiados…Le hemos enviado en forma de un templo humano. Bendito y santificado sea Dios, quien crea lo que El desea por medio de su inviolable e infalible decreto. Aquellos que se privan de la sombra de la Rama están perdidos en el desierto del error, consumidos por el calor de los deseos mundanos, y se encuentran entre los que de seguro perecen.”
Bahá’u’lláh sigue ensalzando a Abdu’l-Bahá
“ La fuerza de la expresión de la Más Grande Rama y sus poderes no están aún completamente revelados. En el futuro se verá como El, solo y sin ayuda, levantará con poder, autoridad y divina efulgencia el estandarte del Más Grande Nombre en el corazón mismo del mundo. Se verá cómo unirá a los pueblos de la tierra bajo la tienda de la paz y la concordia.”
EL CENTRO DE LA ALIANZA
Bahá’u’lláh había educado a su inigualable hijo para que fuese el Centro de su Convenio. En un documento que El llamó Kitáb-i-Ahdí –el Libro de mi Convenio- un documento sin paralelo en todos los anales de las escrituras de la humanidad, El hizo perfectamente claro su propósito de que Abdu’l-Bahá fuese la Cabeza de su Fe, el Exponente de su Palabra, la Infalible Balanza por medio de quien la falsedad será distinguida y separada de la verdad. Este Convenio o Alianza que Bahá’u’lláh estableció con su gente, y no sólo con ellos sino con toda la raza humana, no tiene paralelo en la historia de la religión.
En la Epístola al Hijo del Lobo, el último libro revelado por la pluma de Bahá’u’lláh, habló de su Testamento como el Libro Carmesí, “El Arca de su Testamento”,- el Testamento de Dios- que vemos mencionado en la revelación de San Juan es este Testamento de Bahá’u’lláh.
El mundo jamás ha visto algo semejante al Testamento de Bahá’u’lláh. Ni ha visto algo semejante a su Convenio. Según las palabras de Abdu’l-Bahá, “…el eje de la unidad de la humanidad no es sino el poder del Convenio”. De nuevo según sus palabras “…la Mano Segura mencionada desde la fundación del mundo de los Libros, las Tablas y las Escrituras de la antigüedad, no es sino el Convenio y Testamento”. Y de nuevo”: La lámpara del Convenio es la luz del mundo…”
Aquello que puede dar una forma concreta a la unidad de la humanidad, la unidad con la cual Dios ha dotado a su creación, son las enseñanzas y preceptos de Bahá’u’lláh. Ninguna otra cosa puede ni podrá establecer la unidad espiritual de la humanidad, un hecho indiscutiblemente reconocido y apoyado por todos los habitantes de la tierra, el principio supremo que opera en toda esfera de actividad humana. Esto y solamente esto, salvará a la humanidad de la autodestrucción.
Pero para hacer esto, las enseñanzas de Bahá’u’lláh no deben sufrir corrupción. De otro modo, sin duda fracasará. Es el Convenio de Bahá’u’lláh, el invencible poder que ha sido probado una y otra vez, el que ha preservado y preservará la integridad de sus enseñanzas. El Convenio y solamente el Convenio ha resistido la mano del profanador.
Abdu’l-Bahá es el Centro de este Convenio. En él y solamente en él encuentra el Convenio su expresión. Suya es solamente la autoridad para separar a los fieles de los infieles.
En el Kitáb-i-Aqdás El mismo ha testificado “ Bahá’u’lláh ha designado al Centro del Convenio el Intérprete de su Palabra, un Convenio tan firme y poderoso que desde el principio de los tiempos hasta el presente día ninguna dispensación religiosa ha traído algo parecido.”
Bahá’u’lláh había confiado su Voluntad y Testamento al cuidado de Abdu’l-Bahá. En el noveno día después de Su Ascensión, su contenido fue dado a conocer. Nueve de los bahá’ís, incluyendo miembros de la sagrada familia, se reunieron para ser testigos de la ruptura del sello y estudiar el contenido del Testamento. Más tarde, el mismo día, en los recintos de la Tumba de Bahá’u’lláh se leyó su contenido. No había ninguna duda. Era evidente a quién tenían que volverse los bahá’ís, a quién tenían que obedecer y sobre los hombros de quién descansaban ahora la autoridad total. Nadie expresó desacuerdo alguno. Todos los que estaban allí y oyeron que Abdu’l-Bahá era el sucesor de Bahá’u’lláh se sometieron a lo que El había ordenado.
¿ Cuáles, aparte de los que no hemos mencionado, fueron los principales logros de Abdu’l-Bahá?
En primer lugar, la preservación de la unidad de la comunidad mundial bahá’í, no sólo durante su propia vida, sino en el futuro, a través de la claridad de las instrucciones contenidas en su Voluntad y Testamento, un documento importantísimo “ que dio existencia, delineó sus características y puso en movimiento al proceso” de la estructura administrativa de la Fe para ser desarrollada tras su fallecimiento.
Pudo, contra toda probabilidad, llevar a cabo las instrucciones de Bahá’u’lláh de trasladar los restos de El Báb desde Irán a Tierra Santa y enterrarlos en un Santuario en el Monte Carmelo, en el mismo lugar que su padre le había indicado. “Cuando los restos mortales del Profeta de Shiraz fueron al fin depositados para su eterno descanso en el seno de la santa Montaña de Dios, Abdu’l-Bahá que se había quitado su turbante, sus zapatos y su capa, se inclinó sobre el sarcófago aún abierto, sus cabellos plateados y su semblante transfigurado y luminoso. Dejó descansar su frente sobre el borde del ataúd de madera y, sollozando, lloró con tal llanto que ninguno de los que estaban presentes pudo contener las lágrimas. Las tristezas y memorias de toda una vida fluyeron con sus lágrimas.”
Inició la construcción de las dos primeras Casas de Adoración Bahá’ís, la primera en el Turquestán ruso, la segunda en los Estados Unidos.
Previno plenamente a los líderes y pensadores del mundo, de los peligros y obstáculos para la paz mundial y desplegó las medidas prescritas por Bahá’u’lláh para hacer posible la paz, a través del establecimiento de un nuevo Orden Mundial.
Cuando falleció en 1921, diez mil personas, representantes de una amplia variedad de diferentes razas, clases y religiones, salieron a rendirle sus últimos tributos. El suyo fue “…un funeral como Haifa, es más, Palestina misma, nunca sin duda había visto.
El alto comisionado de Palestina, el gobernador de Jerusalem, el gobernador de Fenicia, los jefes oficiales del gobierno. Los cónsules de varios países, residentes de Haifa. Los líderes de varias comunidades religiosas, las personas eminentes de Palestina, judíos, cristianos, musulmanes, drusos, egipcios, turcos, kurdos y una multitud, americanos, europeos y nativos, hombres, mujeres, niños, tanto de la clase alta como baja, todos, casi diez mil personas, lamentando la pérdida de su Amado.”
“La suya fue una vida de ilimitado servicio a Dios, a la última Manifestación de Dios a la humanidad- Bahá’u’lláh- y al género humano. Su vida es notable por la armonía entre sus palabras y sus acciones. Es de importancia histórica para el mundo no sólo por el papel vital que desempeñó en el efectivo establecimiento de la última Revelación de Dios en la tierra, sino también porque su ejemplo y enseñanzas continúan viviendo y ejerciendo su influencia en las vidas diarias de aquellos crecientes millones de bahá’ís en todo el mundo para quienes él es el perfecto ejemplo del divino arte de vivir y un refugio para toda la humanidad.”
De los libros: Abdu’l-Bahá de H. M. Balyuzí y
Relatos de la vida de Abdu’l-Bahá de Annamarie Honnold




Foto: Detalle en los Jardines Bahá’ís en Haifa-Israel

Foto: Salida del sol en Tierra Santa por Marco Abrar – www.bahaipictures.com
Foto: La Victoria, Alcudia – Mallorca
Foto: Marco Abrar – www.bahaipictures.com